Alicia's profileUn Espacio para comparti...PhotosBlogListsMore Tools Help

Blog


    March 22

    FELICES PASCUAS DE RESURRECCION!

     
     
    RESURECCIN3.gif picture by RosaSonrisa
    CRISTO RESUCITÓ ¡ ALELUYA !!!...
     
     El Triunfo de la Vida

    Estamos en el centro del año litúrgico. Hoy es el día en que la vida de Jesús adquiere validez, el sello que garantiza que todo lo anterior ha sido auténtico, que no ha sido un sueño más, que Jesús no ha sido un loco soñador más de tantos que nos encontramos por los caminos de la vida.

    Su sueño ha sido refrendado por la acción del Padre, de su Abbá. Lo que empezó en Galilea, tal y como nos recuerda la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, ha tenido su culminación en este momento inaferrable, que se escapa a nuestra comprensión, que es la Resurrección. Lo que había terminado mal, rematadamente mal, en la cruz, en la soledad de la muerte, se convierte en luz deslumbrante que nos deja casi sin capacidad de reacción.

    ¡Aleluya! ¡Aleluya!
    Hace años me contaron de un religioso que, en aquellos tiempos en que se hacía la oración de la mañana en común, los demás que estaban en la capilla, en un día como éste, no le oyeron durante los tres cuartos de hora que duraba la meditación más que repetir una y otra vez: “¡Aleluya! ¡Aleluya!”

    Era una forma de expresar la admiración ante el hecho inesperado, sorprendente, asombroso, difícil de encajar en nuestros esquemas de vida ordinaria, de la Resurrección de Jesús. Hoy sería la primera recomendación para este día: detenernos un tiempo en silencio, fuera de la eucaristía, lejos de los cantos y del bullicio de la fiesta, para contemplar y dejar que el misterio de la vida que triunfa sobre la muerte nos llegue a lo más dentro de nosotros.

    No se trata de sacar consecuencias morales, de pensar que entonces nos deberíamos comportar de otra manera o evitar aquellas acciones. No hay más que hacer memoria de Jesús, el de Galilea, el que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos, el que se enfrentó sin miedo a los poderosos y por eso terminó colgado en el madero. Hay que pasar por el misterio de la cruz recién celebrado para dejarnos caer en el abismo del misterio de la Resurrección. Y ahí, aguantar sin prisas.

    Es la vida que triunfa. Es el Padre que se manifiesta recreando, levantando, rehaciendo y todos los verbos que queramos poner parecidos. Es posible que al final, como el religioso aquel repitamos también nosotros como una jaculatoria, una y otra vez: “¡Aleluya! ¡Aleluya!”

    Un día para celebrar
    Hoy es un día, pues, para celebrar y festejar, para hacer fiesta con los hermanos. Dentro y fuera de la Iglesia. Que la celebración litúrgica no sea más que un momento de la fiesta porque el Espíritu da alas a los creyentes y les hace vivir en el espíritu de la resurrección no sólo el breve tiempo de la Eucaristía dominical sino todas las horas del día. Las de jarana y las de silencio. Porque es una alegría que brota de la fe en el Dios de la Vida. Porque tenemos la seguridad de que más allá de la muerte nos espera la vida de Dios.

    Hoy es día para vivir comunicando esperanza en que la muerte no podrá con la vida y que ésta siempre brotará de nuevo porque Dios está con nosotros, porque el Abbá de Jesús es nuestro Dios. Y punto. Ésta es la razón más profunda de nuestra fe y de nuestra esperanza.

    Por eso, somos capaces de amar y de entregarnos al servicio de los demás. Creemos en el Dios de la vida y eso nos hace ser cultivadores, guardianes, protectores de la vida y de la fraternidad. Hoy es día para salir al mundo y gritar con nuestro estilo de vida y con nuestra forma de comportarnos:  “¡Aleluya! ¡Aleluya!”

    Fernando Torres, cmf.
     
    0.gif picture by RosaSonrisa



    SRA. DE LOS DOLORES!

    MARIAALPIEDELACRUZ.gif picture by RosaSonrisa

    DOLOROSA

    ¡ Pobre Madre ! está llorando
    al pie del santo madero :
    el pueblo murmura fiero
    por la montaña girando.
    Yel ángel llora y se arredra,
    porque es tanta la aflicción
    de la Madre angelical,
    que llora el mismo puñal
    al romperle el corazón.

    Ella vió al Hijo nacer
    sus ensueños realizando,
    Ella le durmió cantando
    las endechas del placer.
    Y siempre del Hijo en pos,
    le siguió amante y serena,
    como sigue el alma buena
    la sombra santa de Dios.

    Hoy ¡ pobre Madre !...le mira
    sobre el Gólgota sangriento,
    dando suspiros al viento
    que en torno del árbol gira.
    Le mira triste , llorando
    por el pueblo su asesino,
    oye su acento divino:


    - ¡ Perdón , perdón ! murmurando.


    Ve sus sienes desgarradas
    por las espinas crueles,
    ve los clavos penetrando
    en sus manos veneradas...

    Y si oye de su ansia en pos
    del pueblo el acento fijo,
    ve que le matan al Hijo
    ¡ Por el crimen de ser Dios !.

    Pura y mística azucena
    del desierto de la vida,
    lámpara siempre encendida
    para templar nuestra pena...
    Yo vengo, Madre , a besar
    las estrellas de tu manto,
    vengo a regar con mi llanto
    los mármoles del altar.

    Todo es llanto y es dolor...
    adultos, niños y ancianos…
    ¡ Venid , venid ! de las manos
    a llorar al Redentor :
    ¡ Venid ante el que se inmola
    por colmar nuestra alegría ;
    venid a ver a Maria...
    Está sollozando y sola !.


    Y no deis al corazón
    hoy consuelo a su quebranto .
    ¡ Porque será vuestro llanto
    la segunda redención !.

    B. López Garcia.


    +        +        +

    March 21

    VIERNES SANTO

     

    via_crucis14.jpg Via Crucis picture by Cecill757

    Viernes Santo VÍA CRUCIS El Vía Crucis o Vía dolorosa es una de las más antiguas practicas que hay dentro de la religiosidad popular, en ella recordamos los dolores y sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo. La Iglesia recomienda su ejercicio durante los viernes del tiempo de cuaresma, y sobre todo el Viernes Santo, día en que conmemoramos cuando Nuestro Señor recorre, abrazado de la cruz, el camino por el cual daría vida abundante y eterna a todos nosotros. El que solo o acompañado hiciere el Vía Crucis puede ganar: indulgencia plenaria cuantas veces lo hiciere; otra indulgencia plenaria si comulga el mismo día o dentro del mes en el que hubiera rezado el Vía Crucis. Los que por enfermedad u otra causa se ven impedidos de hacer el Vía Crucis en la forma ordinaria pueden ganar las indulgencias rezando veinte Padrenuestros, Avemarías y Glorias (uno por cada estación, cinco a las llagas de Cristo y uno por el Papa) y teniendo en la mano un Crucifijo bendecido para este intento. Los enfermos, que no pueden de manera ordinaria ni extraordinaria hacer el Vía Crucis, pueden ganar sus indulgencias si con un espíritu contrito besan o miran un crucifijo bendecido a este intento y rezan (si pueden) alguna oración jaculatoria a la Pasión de Cristo.

    Al principio, solo a los peregrinos de Tierra Santa les era dado hacer ese celebre recorrido, besar las huellas impresas en la tierra por donde Nuestro Señor pasó y sentir esas intimas emociones con el corazón; Hoy, gracias a la invención de los Vía Crucis, todos podemos realizarlo con gran provecho y consuelo nuestro.

    El Vía Crucis consiste en recorrer catorce estaciones (aunque en ultimas fechas algunos han implementado una decimoquinta estación ya que el verdadero mensaje cristiano no se centra en la muerte sino en la resurrección de Cristo) que representan, comúnmente, con imágenes el camino a la cruz, que va desde la salida del pretorio hasta la crucifixión. Durante el Vía Crucis podemos meditar a cerca de lo que representan las imágenes, o bien a cerca de la Pasión del Señor.

    VÍA CRUCIS

    Via Crucis, las 14 estaciones de la Cruz!

    Ante el árbol de la Cruz

    La Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones y derrame sobre nosotros su salvación. Morir en la cruz, fue el punto final de un Hombre que pasó la vida haciendo el bien. La acción litúrgica de hoy se centra exclusivamente en la Pasión y Muerte de Jesús. La fe y la devoción nos congregan para esta celebración, cuyos pasos fundamentales son: La Palabra, la oración de los fieles, la adoración de la cruz y la comunión. Subir al Calvario es sentir los brazos abiertos de Cristo reconciliando al mundo con el Padre.

    1. La Palabra de Dios

    Isaías escribe proféticamente un poema sobre la pasión de Jesús.El dolor del Siervo de Yahvé es un misterio que sobrecoge. él carga nuestros pecados y su abatimiento es causa de nuestra salvación. San Juan en su relato de la Pasión del Señor reafirma la visión profética de Isaías. Jesús muere en la cruz, destrozado, pero al mismo tiempo como el que es: Rey de verdad, de justicia y de amor. Cuando Jesús exhala su espíritu, la tierra siente que le alcanza su redención. "Cuando entregue su vida como expiación, verá !fu descendencia, prolongará sus años ". Por la muerte de Cristo oramos al Dios de la vida por todas las necesidades del mundo.

    2. La cruz centro del amor de Dios

    "Victoria tú reinarás; oh cruz, tú nos salvarás.". Tras la proclamación de la palabra adoramos la cruz. Cruz de muerte y de vida, cruz de maldiciones y de bendiciones sin fin, cruz de dolor y de esperanza, cruz velada y exaltada sobre el pueblo como signo de victoria definitiva de Dios. Ante esta cruz nos postramos con fe y con humildad. Por esta cruz resucitamos porque en ella ha sido crucificada y enterrada nuestra muerte. En fin, ella da vuelta a la página del pecado del hombre y revela el rostro de la vida y del amor de Dios. Y cantamos: "El Verbo en ti clavado, muriendo nos redimió; de ti, madero santo, nos viene la redención ".

    3. La comunión del cuerpo de Cristo

    Jesús ha muerto. No hay celebración de Eucaristía. Es la hora del duelo, de llorar con la Madre Dolorosa. El pueblo se acerca a comulgar del pan consagrado en la misa del Jueves Santo: misa de la Cena del Seño!: Comunión que, en definitiva, nos une a la muerte de Cristo y nos sumerge en su amor redentor: El pan que compartimos es la muerte del Señor entregado por nosotros. Pan de sacrificio y de redención. Pan ácimo de Pascua y signo del Cordero inmolado de Dios. Y ya desde ahora comenzamos a vivir la resurrección. El Señor por su santa cruz, nos abre el camino de la salvación.

    Para Meditar:

    • ¿Qué sentido tiene en tu vida la muerte de Cristo?
    • ¿La cruz es objeto de moda en tu pecho o camino de identificación con Jesús?
    • ¿Qué fuerza de salvación sientes en tu vida cuando comulgas el cuerpo del Señor?

     



    JUEVES SANTO

    jesus_lava_pies2.jpg Jesus lava pies picture by Cecill757

    El Salvador lava los pies a sus apóstoles

    Era la noche del jueves, «antes del día solemne de la Pascua. Sabia Jesús que había llegado su hora», que aquel era el día en que, al morir, «había de pasar de este mundo a su Padre, y aunque siempre había tenido mucho amor a los suyos, que estaban en este mundo, al final de su vida les dio mayores muestras de este amor». Una vez terminada la cena, Judas ya decidido a venderle, El, Hijo Único de Dios, lleno de ternura y amor hacia los suyos, se levanto de la mesa, se quito la túnica, se ciño una toalla, y echo agua en un labarillo, se arrodillo, y se dispuso a lavar los pies de sus discípulos (Jn 23).

    Al hacer esto, no solo dio un gran ejemplo de humildad, sino de amor. El amor nunca tiene en poco ningún trabajo por bajo que sea. Y esto hizo el Señor, «se humillo y tomo el aspecto de un siervo» (Filip 2, 7); y no tuvo asco, nada mas comer, de limpiar los pies sucios de los apóstoles Aquel que tuvo amor al lavar con su sangre nuestros pecados.
    Empezó por Pedro, al que solía dar el primer lugar como cabeza de los apóstoles. Es así como debe empezar la limpieza y reforma de las costumbres: por los que hacen cabeza. Pero Pedro, al ver una cosa tan nueva e insólita, se negó con su vehemencia acostumbra-da: «señor, tú lavarme a mi los pies?!». Esto es mas para pensar que para explicarlo, dice San Agustín: «Tú... a mi». ¿Quien es ese «Tu»; quien, ese «a mi»?

    El Señor insistió, pues aunque la negativa de Pe¬dro nacía sin duda de respeto hacia su Maestro, también era debida a ignorancia: no conocía los fines que pretendía el Señor, no se daba cuenta que quería expresar con aquello la necesidad de limpieza interior antes de recibir el Cuerpo y la Sangre que poco después les iba a dar. No es posible alcanzar la limpieza de las propias culpas si El mismo, no las lava con su propia Sangre. Todo esto quería enseñar el Salvador a Pedro, que no veía mas que lo de fuera; por eso Jesús respondió: «Lo que Yo hago no lo entiendes ahora». Tengo razones suficientes para hacerlo, si las supieras no intentarías impedírmelo; pero como ahora no las sabes, te opones; déjame ahora lavarte los pies como Yo quiero, que «a su tiempo lo entenderás».

    Pedro siguió negándose en su testarudez, quizá pensaba que la única razón que el Señor decía era por darles ejemplo de humildad, y el no podía consentir que se humillase a sus pies; de ahí que le respondiera enérgicamente: «No me lavaras los pies ni ahora ni a su tiempo ni nunca!».

    Ante la testarudez de Pedro, que no se quería dejar lavar los pies por Aquel que iba a lavar todos sus pecados, le contesto con la misma energía: «Si Yo no te lavo no tendrás parte de mi herencia!». No intentes, Pedro, impedir que quite los pecados a los hombres porque no lo puede hacer otro sino Yo, que «he venido al mundo a servir y no a ser servido, y a dar mi vida como rescate por todos los hombres» (Mt 20, 28); y no exageres tu cortesía y educación hasta el punto de hacerte daño a ti mismo porque, si no te lavo Yo, puedes despedirte de mi amistad, y serás para mi como quien no tiene nada que ver conmigo.

    Entonces se vio que la negativa de Pedro no nacía sino de respeto y de humildad: al entender lo mucho que le importaba dejarse lavar, se ofreció a que le lavase «no solo los pies, sino las manos también, y la cabeza». El Salvador le dijo: «E1 que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse mas que los pies, que en todo lo demás esta ya limpio» (Jn 13, 10). Esto suele suceder, cuando uno sale del baño se ensucia un poco los pies, y se los tiene que volver a limpiar. Cuando uno esta limpio de pecados mortales, puede ser que se ensucie un poco con pecados veniales, y es conveniente que se lave, y es necesario que cada vez se purifique mas para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

    El Señor tenia clavada en el corazón la perdida de Judas, y no dejo escapar esta nueva ocasión; así que, para demostrarle su sentimiento, para moverle a que se arrepintiera, como de paso, añadió: «Vosotros estáis limpios, pero no todos». Porque como sabia quien le había de entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

    Luego, todos se dejaron lavar los pies, y ninguno se atrevió a poner la más mínima resistencia después de oír lo que el Señor había respondido a Pedro.

    Ya que el Salvador dijo que hiciésemos con nuestros hermanos lo que El había hecho con nosotros, debemos estar muy atentos a lo que El hizo para saber lo que debemos nosotros hacer.

    Textos: Juan el Apóstol

    jesus_lava_pies1b.jpg Jesús lava pies picture by Cecill757

     


    March 18

    CRISTO NOS AMA

     

     

    Cristo nos ama incluso cuando nos atrevemos a negarlo

    Fuente: Catholic.net
    Autor: P. Cipriano Sánchez LC

     



    El día de hoy vamos a ponernos el cristal de la caridad, y bajo esta óptica contemplaremos la Última Cena.

    ¿Qué es la caridad? Si alguien quisiese definir la caridad, podría escribir libros enteros. Si alguien quisiese definir la caridad, podría llenar bibliotecas, o simplemente tomar una fuente con agua y lavar los pies a sus discípulos durante la cena: “[...] cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego hecha agua en un lebrillo y se pone a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido”.

    La caridad es ser capaz de servir hasta que ya no haya nada más que uno pueda hacer; la caridad es servir hasta la último. “No hay amor más grande que aquél del que da la vida por quien ama”. Cristo, constantemente, va a unir su caridad con su muerte. Tanto es así, que la cruz va a ser la mayor expresión de caridad de Cristo.

    Nos impresiona cuando vemos a Cristo rebajarse como un esclavo a lavar los pies, quizá no nos impresiona tanto el hecho de que Cristo no solamente lava como esclavo los pies a sus discípulos, sino que muere esclavo en la cruz por sus discípulos. La caridad, la verificación, el amor, la muerte de Cristo están inseparablemente unidos. La caridad de Cristo es una caridad que se ofrece en la separación de aquellos que ama. “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis y a donde yo voy vosotros no podéis venir”.

    El amor de Cristo es un amor totalmente desinteresado, no es un amor que se busque a sí mismo. El amor de Cristo no busca la propia felicidad sino la felicidad de aquellos que ama. Cristo incluso va a aceptar la separación de aquellos que ama por amor; pero, al mismo tiempo, como todo auténtico amor, el amor de Cristo va a buscar en todo momento compartir, y por eso Jesucristo les dice a sus discípulos: “Como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”.

    Cristo busca encarnar su amor en los que ama. Cristo busca que aquellos que Él ama también amen como Él: “En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os tengáis amor unos a otros como yo os he amado”. La caridad que no se transmite, la caridad que no se manifiesta, la caridad que no se encarna en aquellos que amamos no puede ser una caridad auténtica.

    No hay que olvidar que el Maestro se nos presenta como modelo de caridad, como dirá San Juan, “en la glorificación”, es decir, en la muerte, en el don absoluto de sí mismo por amor a los suyos. Éste es el don más grande que un hombre puede dar: el don de sí mismo. ¿Qué otra cosa podemos dar más que nosotros? Aun cuando hubiéramos terminado de dar mucho, todavía quedaríamos nosotros por darnos. ¿Qué más puede ofrecer un soldado a su señor, cuando ya lo ha dado todo? ¿Qué más puede ofrecer Cristo, cuando ya lo ha dado todo? ¿Qué más puedo ofrecer yo, como discípulo, cuando ya lo haya dado todo?

    La caridad de Cristo tiene, además, una muy especial característica. En el Evangelio de San Mateo se dice: “aquél que me negare delante de los hombres yo le negaré delante de mi Padre celestial”. Justamente en este contexto de caridad se introduce el misterio de la negación de Pedro. Sin embargo, Pedro no contaba con la última de las delicadezas de la caridad de Cristo. Dice el Evangelio: “Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde. Pedro le dice: ¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti. Le responde Jesús: ¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces.”

    La caridad ama aun cuando el amado nos niega. Así ama Cristo. Cristo no solamente ama cuando nosotros somos grandes apóstoles que entendemos perfectamente los planes del Señor sobre nosotros —¡qué fácil sería amar así!— Cristo ama incluso cuando nosotros nos atrevemos a negarlo. Y nos ama con un amor redentor, nos ama con un amor transformador, nos ama con un amor purificador, nos ama con un amor que es capaz de sacarnos del pozo donde nosotros podríamos vernos encerrados.

    El amor de Cristo no es un amor que arrasa; es un amor que reconstruye, cuando el alma se deja reconstruir. Es un amor que hace que aquél que lo ha negado pueda amarlo a Él, como Cristo lo ama. ¿Cómo nos ha amado Cristo? Hasta dar su vida por nosotros. ¿Cómo tenemos que amar nosotros a Cristo? Hasta dar nuestra vida por Él.

    San Juan va a unir la caridad con la obediencia y con el sacrificio en la obscuridad: “Si alguno ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

    Cristo une caridad, obediencia y presencia de Dios. La esencia de toda santidad y de toda virtud cristiana está en la caridad. No hay presencia de Dios donde no hay caridad, no hay presencia de Dios donde no hay obediencia; y donde no hay obediencia, no hay caridad ni presencia de Dios; y donde no hay caridad no hay obediencia ni presencia de Dios.

    Tendríamos que darnos cuenta que esta especie de trinidad es el corazón del cristiano. Presencia de Dios es obediencia y es caridad. Quien diga que tiene a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso. Y quien quiera obedecer, primero tiene que amar. Y quien regatea con el egoísmo, no obedece ni tiene a Dios en su corazón. La caridad se hace obediencia y se hace presencia. Si no es así, la obediencia es vacía y la presencia ausencia. Solamente cuando hay esta presencia, esta caridad y esta obediencia, el hombre posee luminosidad para poder guiar su vida en la autenticidad.

    “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo cuanto os he dicho”. La presencia amorosa de Dios en nosotros es la garantía de la luminosidad interior. No puedes guiar tu vida si estás cegado por el egoísmo. No puedes guiar tu vida si en tu interior no existe luminosidad y la disposición de vivir en la obediencia. No puedes guiar tu vida si en tu interior no existe la verdadera presencia de Dios. La caridad, como obediencia que se hace presencia, es la clave que Jesús mismo nos deja.

    Después de hablar del amor, Cristo empieza hablando del Príncipe de este mundo. No hay que olvidar que la auténtica caridad se hace testimonio precisamente ante las persecuciones del Príncipe de este mundo. Y así como la luz expulsa la noche, y la obscuridad se ve alejada por la aurora, la caridad expulsa de nuestra vida al Príncipe de este mundo.

    ¿Quién no le tiene miedo al contagio del mundo del demonio y de la carne en su propia vida? ¿Alguien puede sentirse inmune a esto? ¿Alguien puede decir que tiene las manos limpias? Y, sin embargo, ¿cómo podemos resistir al Príncipe de este mundo? Sólo quien vive en la caridad tendrá la capacidad suficiente para desencadenarse una y otra vez del Príncipe de este mundo. Sólo el que tenga caridad como ley auténtica de su vida podrá estar liberándose de las ataduras que el Príncipe de este mundo le ponga a su corazón. Solamente quien no es capaz de vivir la caridad acabará por vivir con el demonio dentro del corazón.

    La caridad es el testimonio del cristiano. Ante las asechanzas del demonio, que muchas veces podrá buscar encimarse, apoderarse de la vida del hombre, más aún, que muchas veces hará fracasar las obras buenas del hombre, sólo la caridad continuará siendo la coraza con la cual el hombre vence, con la cual el hombre es capaz—a pesar de los errores, a pesar de los fallos propios o de los demás—, de volver a amar y de entregarse.

    No hay que tenerle miedo al demonio si en nosotros hay caridad, si en nosotros hay amor verdadero. No hay que tenerle miedo al demonio de las tentaciones y de las dificultades, en el seguimiento de Cristo, si en nosotros verdaderamente existe un corazón lleno de amor a Dios.

    Aun cuando el corazón pueda estar en la soledad, en el abandono, en la dificultad y en la prueba, tenemos que saber que la caridad de Cristo se convierte en paz en nuestra alma, consuelo de nuestra soledad. “Os dejo la paz; mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros.’ Si me amarais, os alegrarías[...]”.

    Éste es el rostro de la caridad que Cristo nos presenta. Una caridad que se ofrece, una caridad que se comparte, una caridad que se hace testimonio, una caridad que ama incluso en la negación del amor. Y al mismo tiempo, es una caridad que se convierte en presencia por la obediencia, es una caridad que no se contamina a pesar de las asechanzas del demonio o de la soledad en la que nosotros podamos vivir.

    Este amor —lo vemos en Cristo—, no es simplemente un bonito sentimiento interior. Este amor tiene obras que efectivamente manifiestan el amor, obras que realmente realizan el amor, obras que demuestran que estamos auténticamente entregados a Cristo. Porque si no prestamos más que a aquellos de quienes esperamos recibir, ¿qué mérito tendremos que no tengan también los pecadores? Si no saludamos más que a los que nos saludan, ¿en qué nos diferenciamos de los gentiles? Y si no amamos más que a los que nos aman, ¿qué hacemos que no hagan también los publicanos?

    También a nosotros se nos exige una caridad que se hace celo apostólico, como el mejor servicio hecho a los hombres. ¿Qué más les puedes dar a los hombres sino la presencia de Dios en sus corazones? No existe la caridad sin celo apostólico, no existe la caridad sin esfuerzo por conquistar a los hombres para Cristo. Y la podremos disfrazar de lo que queramos, pero sin celo apostólico que influya verdaderamente en las sociedades en las que vivimos, en los ambientes en los que nos movemos, no hay caridad. Sin un corazón que arda por sus hermanos los hombres, no hay caridad, porque Cristo, por amor a nosotros, busca introducir la presencia de Dios en nosotros. “En el que me ama moraremos”.

    ¿Realmente mi amor a los hombres es un amor que busca hacer que la presencia de Dios esté dentro de mis hermanos? ¿O es un amor platónico, o es un amor romántico? ¿O es un amor que arde, y porque arde quema, y porque quema transforma, y transforma en celo apostólico?

    Cuando revisemos la caridad, veamos el amor de Cristo por nosotros, veamos nuestro amor por Cristo, veamos nuestro corazón, y veamos si verdaderamente hay caridad que es obediencia y es presencia. Pero nunca olvidemos la tercera dimensión de la caridad: el celo apostólico.

    Recordemos que se nos va a exigir. “Tuve hambre y no me diste de comer; tuve sed y no me diste de beber; estuve desnudo y no me vestiste, en la cárcel, enfermo y no me fuiste a ver”. Si a ésos, Cristo los manda lejos de sí, lejos del amor, lejos de la vida eterna, ¿qué será de aquellos que le negaron a sus hermanos los hombres, por falta de caridad, la presencia de Dios en su corazón? ¿Qué será de aquellos que, llevados por la pereza o por la soledad, o por el Príncipe de este mundo, o por el orgullo, se permitieron el lujo de no llenar el corazón de sus hermanos los hombres con la presencia del Señor?

     

     



    March 12

    AMOR Y PERDON

     

    En tu vida, en la mía. Nos ofrece perdón y misericordia, esperanza y alegría. Nos invita a amar.

    La libertad humana es un don grande, muy grande. Tan grande que nos da algo de miedo. Tan grande que permite a Francisco de Asís el llegar a ser santo, y a Judas el traicionar al Maestro. Tan grande que Dios se detiene ante nuestra puerta, con respeto, cuando pide amor, cuando nos invita a la justicia, cuando nos enseña las bienaventuranzas, cuando nos recuerda los mandamientos.

    Desde la libertad se construye la historia humana. Si le dejamos, si damos un sí generoso, Dios entra. Empieza entonces a caminar a nuestro lado, nos abre a horizontes de esperanza, nos salva. Sobre todo, nos enseña a amar, a trabajar por un mundo sin pecado, liberado de egoísmos y de injusticias. Pero sólo si le dejamos

    Hubo un sí grande, sublime, único, que marcó la historia humana, que encendió esperanzas, que permitió que la Vida se hiciese Camino y Verdad para los hombres. Un ángel, de parte de Dios, pidió permiso a una Joven nazarena. Dios esperaba, sin amenazas, sin temblores, sin gritos, una respuesta. María, la doncella, abrió su corazón antes de abrir sus labios. Dijo, simplemente, humildemente, “hágase”, fiat. 

    Ese “hágase” de la Virgen hizo que el mundo diese un vuelco. Los hombres, sin saberlo, comenzaron a vivir con un Dios humano. La Redención se hizo carne, llanto, pasos y palabra. La oveja perdida fue encontrada. El publicano y la prostituta encontraron a Alguien que les tendía una mano de consuelo. El enfermo, el ciego, el sordo, el mudo, tocaron el milagro.

    Todo fue posible gracias a un sí libre, gracias a la Virgen nazarena. En su libertad, en su corazón, pronunció el “sí” más grande de la historia humana. En su sencillez, en su pobreza, permitió que el mundo tuviese el cielo muy a la mano. En su generosidad, en su grandeza, empezó a ser “bendita entre las mujeres”.

    Jesús, desde ese instante, puede ser nuestro. Gracias a Ella, a la Virgen, a María. Puede ser nuestro… si aprendemos a dar un sí, a decir “hágase”. En la libertad, porque nadie nos obliga. Con amor, con confianza, con anhelos de justicia y de paz. Como lo hizo Ella, Virgen humilde, hermana nuestra, judía universal, Mujer que ha llegado a ser Madre de todos.

    Dios, cada día, vuelve a pedir permiso para entrar. En tu vida, en la mía, en la de cada historia humana. Nos ofrece perdón y misericordia, esperanza y alegría. Nos invita a amar. Basta repetir, sencillamente, humildemente, atrevidamente, las mismas palabras de María: “He aquí una simple esclava del Señor. Que se haga en mí lo que Dios quiera…”.